viernes, 27 de septiembre de 2013

QUE SEA SÓLO ELLA


Amar es clamar al mundo silencio,
para poder escuchar su voz
y entre todo el ruido
que sea sólo ella.

Amar es implorar oscuridad al mundo,
para poder ver el destello de sus ojos
y entre todas las marquesinas,
que sea sólo ella.

Amar es olvidarse de todos los sabores,
para poder alimentarse de sus labios,
y entre todos los banquetes
que sea sólo ella.

Amar es despreciar todos los aromas
para poder apreciar su esencia
y entre todos los perfumes
que sea sólo ella.

Amar es aislarse de sentir el mundo
para poder sentir su piel
y entre todas las sensaciones
que sea sólo ella.

Por Mauricio Coronado


miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL COLOR DEL DINERO

Eres la clase de animal más bajo
te dices amigo y humano,
pero piensas con el orgullo y la avaricia.

Te pones la bandera de la defensa del pobre,
pero para hacerlo te robas de su trabajo.

Comes carroña y te quejas de carroñeros,
te bañas en tinas de oro y apuntas a las injusticias
pero en el jardín de tu casa hay
albercas de diamantes rellenas de sangre tolteca

Vas al templo a hacer tus jaculatorias
mas no sabes andar sin tu cruz de oro,
eres la clase monárquica más sucia
que no tiene corona pero sí sirvientes
y trabaja a medias por un sueldo de Midas.

Eres basura y vienes en todo,
en traje, en vicios y en distintos colores,
cuando te gastas tus vicios la gente se asusta,
pero pides perdón con cara de perro
y te perdonan por dos bolsas de azúcar,
un pan y una boleta registral.

Eres despreciable, clase de la más grande bajeza,
seas el primero, un perdedor, o panadero.  
Políticos: todos ustedes tienen el mismo color,
se hacen patriotas bajo el color del dinero.


Por Mauricio Coronado

miércoles, 18 de septiembre de 2013

ALMAS DE VINIL


Quiero tocarte.
y que me toques,
y que me toque la dicha
de estar al lado tuyo
y tener que tocarte.

Quiero tocar para ti,
trucos torcidos de magia,
el etéreo mar tántrico
me lleve a tocarte el alma
aunque sea por tocarte el toco.

Que por esta cruda vida
no me toque el desazón
de no perder toda mi razón,
porque no he tenido el derecho de tocarte.

Tócame, tócate; somos almas de vinil,
somos viento en los oídos de Torquemada,
ya muertos por no hablar de madrugada.
Alas puras de deseo musical.


Quiero tocarte. A ti y a mis melodías favoritas.


Por Mauricio Coronado

martes, 17 de septiembre de 2013

UNA PROMESA

Que te hubiera querido alguien más
Un hombre grande, un poderoso quizás.

Que la vida te haya llevado
Donde en vez de tormento
Veas en invierno nevado
Y por realidad no tuvieras este infierno.

Que te hubiera llegado un príncipe
Un hombre sano y cuerdo,
alguien que no suela estar en el suelo,
para contar las estrellas que no existieron.

Que en vez de llegar yo a tu vida,
te llegara alguien igual a quien imaginas,
y fueran para ti más que decepciones,
sus errores puras alegrías.

Que jamás me hubieras conocido,
y no tuvieras las desdichas de sufrir conmigo,
que tuvieras una vida ya por vivir,
y no una promesa por eternamente soñar.



Por Mauricio Coronado

lunes, 3 de diciembre de 2012

ALGUIEN EN LA VIDA (parte 6)


Llegué a mi casa hecho un mar de lágrimas andante. Pasé directo a mi cama y solamente vi mi almohada. Mamá no me dijo nada, hace tiempo que no lo hace. Me entregué a la tranquilidad y pasividad de los barrios olvidados en la penumbra; por acá también llega la luz pública, pero menos seguido. Cuando desperté apenas era de noche, mi mamá estaba en la cocina haciendo frijolitos; me atolondró la luz y traía los ojos pegajosos por la chilladera. Mamá traía un delantal de cuadros, le servía una tortilla a Romina. Ella es muy callada, a veces no sé si vive en la casa, pero igual casi ni la veo. Mamá me miró a los ojos, igual que hace unos meses. Mijo, ¿puedes ir por leche a la tienda? Asentí, ya había pasado tiempo que mi madre no me pedía favores.

Me di cuenta de lo que pasó hace rato. ¿Quería decir que Chuleta ya no es mi amigo? Pero es Chuleta, aparte no le pasó nada. Lo malo es que no me golpeó en ningún lado que pueda señalar. La diferencia entre un morado simple y lo que sentía está en que las heridas del cuerpo sanan pero las del alma no.

Me moví por las calles enterregadas hacia la tienda, lugar inicial de nuestras fechorías, espero que Chuleta no esté, no sabría explicarle lo que sucedió; aparte no tenía ganas de verlo. Me siento como si yo fuera el malo, pero era él quien no quería que fuéramos a las pruebas juntos. Estaba Don Cuco afuerita de la tienda, borracho. Siempre vestía la misma ropa y se sentaba sobre la silla de plástico de coca cola. Parecía no envejecer ni un solo día con esa barba blanca que más bien tenía aires de pasto a mal crecer recién cortado. Olía como característicamente lo hace, a desinfectante y a vómito. Su sucio pantalón negro que apenas le quedaba, dejaba ver sus pies descalzos, calludos, blancos por la suciedad y los años de no conocer piso plano, o un baño. No sé por qué lo dejaban estarse ahí, espantaba a los clientes; o quizá ya se había convertido en atractivo turístico.

¿Dónde está Chuleta, Cacho? Me dijo de manera casi perfectamente articulada. No sé, le respondí y me metí a la tienda mientras trataba de recordar qué quería comprar. Leche, cierto. Voy al fondo de la tienda, donde están los refris, al lado de los estantes de los jabones. ¡Hey! ¿Qué quieres? Escucho desde el mostrador la voz de Carlos, a quien nunca me atreví a robarle nada. Él la atendía en la noche, por eso siempre estaba más alerta que Alejandro. No me asusté, tenía tiempo que no tomaba nada, así que no me iba a culpar, aunque el pasado le vuelve a uno, le viene y le espanta la conciencia en forma de un escalofrío por debajo de la nuca y hasta la mitad de la espalda. Con el corazón ligeramente acelerado abrí el refri, tomé el litro de leche y fui al mostrador. Puse el bote y el billete de diez pesos. Me vio con un poco de culpa y resopló cuando metía la leche en la bolsa de plástico verde. Puso el cambio sobre el vidrio y me miró con desconfianza todavía. Luego regresó sus ojos al dinero como sí la manera en que yo tomara las monedas revelara mis genes criminales.

Todos hemos robado algo, está en nuestra naturaleza. Quiero algo, lo tomo; luego nos enteramos de que pertenecía a alguien más y que eso que hicimos se llama robo. Quien no ha robado en su vida, sólo ha conocido el aburrimiento. Es como siempre ser bueno, es tedioso. Se concentró tanto en verme que tomé el cambio cual fuere robado y me fui rápido. ¡Oye! Instintivamente caminé más rápido ¡se te olvidó tu leche! Mierda, sí es cierto. Me regresé para que me entregara la bolsa y no la soltara hasta haberme escrutado por completo. Agaché la mirada incómodo, intimidado por ese adulto de más de uno noventa, nariz ancha y piel morena. A ti te gusta el fut ¿verdad? Me lanzó de repente. Estaba tan cohibido que no me había dado cuenta que ya había soltado la bolsa. Me pude haber ido corriendo, el dinero y la leche ahora sí estaban en mi pode ; me dio el miedo suficiente contestar la pregunta, entonces cambió su expresión dura por una comprensiva, casi amorosa. No te voy a comer, dice mi hijo que juegas muy bien. ¿Su hijo?  Él va a ir a las pruebas de las chivas el jueves ¿tu papá no te va a llevar? Me pareció ofensivo que mencionara a mi padre cuando se sabe bien que en esta colonia si hay niños es que sus papas se fueron a tiempo, hacia el otro lado o algún lado que nadie sabe dónde queda. Negué con la cabeza. ¿Y eso? ¿No quieres ser un superchiva? Su expresión ahora llegó casi al éxtasis. No tengo quién me lleve. Se volvió todo callado, Carlos sí quería que fuera a las pruebas pero no se atrevía a ayudarme; la lástima es fácil, la solidaridad es la que se vuelve complicada. Bueno, ya me tengo que ir a mi casa. Volví más bien derrotado con mi familia; me recordó dos cosas terribles que me sucedían este día: perdí mi sueño y mi mejor amigo.

No sabía cómo ver a mi mamá a la cara. Olvidé que en el mes pasado, ella se había convertido en un fantasma para mí, más bien yo en un fantasma para ella. La excusa de quedarme con Chuleta no merecía ni siquiera pedir el permiso de mamá; a veces pasaba días sin ir a dormir en los que ni a saludar iba. La culpa que tengo ahora en los hombros y la garganta se debe a el saber que durante esos momentos de negligencia en el reino que Fernando había hecho parar a la familia de Julieta (y por extensión a mí) durante la horas lejos de casa, mi familia pudo haber desaparecido y a mí no me importaba; pudieron haber muerto mientras que yo quedaría feliz en la compañía de unos amigos imaginarios, pues no son reales aquellos que te quieren alejar de tus sueños. Así me encontraba frente a mi casa con su puerta gris de metal y una ventana con rendija de fierro a través de la cual se vislumbraba una tenue luz proveniente de la cocina, donde mi hermana y madre existían a pesar de mí; sin embargo y a pesar de mi desprecio me recibían. No había otra cosa qué hacer, yo no tenía ni diez años ¿a dónde iría? Entré a la espera de una furia que me recordara todo lo que había pensado, el enojo de mi madre por no haber sido quien debí. ero no. Romina sólo esperaba su leche y en la mesa había otros dos platos con taquitos de frijoles. Mamá me veía sonriente mientras ponía tres vasos vacíos en la mesa. Era como si supiera el dolor que tenía, que lo reparaba con su amor, su comprensión y una sonrisa. Encontraba la amistad perdida en estas cuatro paredes con olor a tortilla quemada; en esta mesa plegable de plástico azul y en los vasos que ahora se llenaban de leche.

Gracias, mijo. Sí, amá. Romina tomó el vaso con sus dos manos y lo bebió embarrándose los labios. Lo bajó y nos miró inquisidora; sabía que aquí algo pasaba. Yo quería este tiempo con mamá a solas, no con Romina en medio. Así no podía decirle que era su hora de dormir, no podía decir nada con todo lo que había hecho. Comí mis dos taquitos con la mirada baja. Romina seguía ahí. Quería pedir más; tenía hambre, pero ¿cómo pedir cualquier cosa a una madre tan amorosa? Temía su mirada en juicio, no quería verla de nuevo a los ojos. Nico ¿quieres más? Levanté mis ojos a los de ella, seguía sonriendo. Yo esperaba el momento de la reprimenda, cuando por fin me pondría en mi lugar, pero no, ella mostraba a lo ancho de su cara sus dientes, ahora con cierta intención perversa. Disfrutaba de mi sumisión. ¿Entonces? Sí, mami. Dejé ver que todavía era un mocoso, un pequeño lactante que no podía voltear a ningún lado de no ser porque así lo quisiere su madre. Lo supe, me golpeó de repente, esa tortura fina y silenciosa era mi castigo, tanto lo sabía yo como ella que me servía de nuevo la cena. Quería comer y dormir; que esto acabara.

Todo el fin de semana me comió la duda ¿me habría perdonado? ¿Lo perdonaría yo? Llegué el lunes a la escena sin muchas ganas, con miedo y duda. Me inventaba todo tipo de noticia extraña que me permitiría dejar de ver a Chuleta. No le deseaba la muerte, pero sí me resultaría conveniente que se hubiera cambiado de escuela, que hubiera dejado su casa vacía porque finalmente Fernando los llevaría a vivir a un lugar mejor; también me pasaba por la mente que Chuleta hubiere encontrado a su verdadero padre y mudádose con él. Pero no. En cuanto entré al salón ahí estaba él, salvo que en esta ocasión ndesde sentaría en el lugar de de siempre. Estaba en una esquina, retraído, en los pies un balón y en su banca un álbum de calcomanías del mundial pasado. No era una de las aficiones que teníamos, pero de seguro Fernando lo llenaba con juguetes para que lo quisiera más. Hay algo con esas personas que lo tienen todo, pero en realidad no tienen lo que quieren. Sólo Jorge tenía las estampitas del mundial, algo le ha de haber dicho, que le consiguiera todo lleno.  Cuando Jorge llegó se percató del logro de Chuleta, se le acercó, lo que derivó en una plática incómoda, y extraña.

- ¿A poco lo llenaste solo, Chuleta? Sí ¿y por qué nunca me cambiaste ninguna cartita? Porque ya lo tenía llenado. ¿Desde el principio? A mí que hiciste trampa, nomás porque tu papá es narco. Así le dijo lo que todos sospechaban pero nadie decía en voz alta. Chuleta inmediatamente se paró, tomó el preciado álbum y se lo aventó a la cara de Jorge sin importarle si se deshacía, luego  de esto le dio un derechazo sin que pudiera defenderse. Su furia era desconocida tanto para todo el salón como para él. Entiendo que se haya ofendido, sino por haber llamado narco a Fernando, sí por decirle que era su padre. Su respiración nos inquietó a todos, parecía un toro en cólera.  En su cara se veía el desconocimiento, el extravío de sus pensamientos. Logró volver en sí unos segundos después; se llenó de vergüenza y salió corriendo del salón, una actitud poco usual para un macho alfa como él.

jueves, 1 de noviembre de 2012

ALGUIEN EN LA VIDA (parte 5)


El verano pasó rápido entre la derrota de México y la sorpresiva victoria de Francia ¿Cómo era posible que Brasil, el gigante, haya perdido frente a un país pequeñito de Europa? Me mató por completo la ilusión de que no había equipo que pudiera contra el imbatible Brasil. Recuerdo cuando Zidane metió el primer gol, yo no lo podía creer, Francia no se movía y de la nada le descontó uno. Recién terminado el partido, recuerdo lo sospechoso que me pareció la victoria de Francia. Yo creo que está arreglado porque juegan en su propio país, le dije a Chuleta. No le importó, después de que México quedara fuera, el fut no le causó mayor ilusión; tenía en tan grande estima a Jorge Campos que le pareció una desgracia que haya dejado pasar el empate y peor tantito que nos dejara perder. Con el tiempo se acostumbraría a que México tarde o temprano caería estúpidamente. No lo entiendo, yo también estaba decepcionado pero no pensaba en dejar de jugar.

Regresamos a clases y Fernando se volvió una figura paternal tanto para Chuleta como para mí, sobre todo porque pasaba la mayoría de las tardes en su casa, sólo llegaba a la mía a dormir y mamá no decía nada. Fernando les arregló la casa y cada vez estaba más seguido en la colonia, no iba a visitar a su mamá, sino que dejaba su camioneta ya en casa de Julieta. Nos trajo el balón para ver lo buenos que nos habíamos vuelto nomás de las desveladas que nos dábamos viendo el mundial; naturalmente se burló de nosotros, pero igual nos quedamos con la pelota. Ahora Jorge recibía su merecido lugar como alguien que solamente era bueno. Entramos a la escuela cuando quedaba muy poco de las lluvias. No era tan cómodo jugar con polvo, pero con nuestro balón, hicimos un sistema de juego más justo. Nunca repetíamos equipo ni capitán en días seguidos. Nadie podía decir que no lo dejábamos jugar. Chuleta y yo siempre luchábamos porque nos tocara en el mismo equipo ¡Son novios! Nos gritó una de esas Rafita. Cállate, nomás porque nadie quiere jugar contigo ni ser de tu equipo porque eres bien maleta. No recuerdo qué chilladera hizo, pero eso lo calló un rato, pues sí era malo. A todos nos caía bien, pero se veía que venía a jugar por convivir. Rafita era de esos que prefería jugar a las escondidas, a las canicas o a los tazos, pero como nadie compraba muchas papitas (más que Chuleta o Jorge) no había tantos para apostarlos, de por sí Chuleta siempre prefería el fut. Nunca se animó a no ser portero. Le entró en la cabeza que tenía que ser mejor que Jorge Campos, seguía siendo su ejemplo pero ya no lo idolatraba como antes del mundial.

No estar con el mismo equipo nos hacía perder de vez en cuando. Yovani se la había pasado comiendo calcetose en verano o algo así, porque estaba muy crecido; parecía temprano para empezar con gallos en la voz pero él ya hasta empezaba a tener pelos en las piernas, me ganaba en velocidad y fuerza. Él ya tocaba la edad en que el futbol se vuelve más competitivo, más violento y yo pequeño, delgado, no podía llegar con facilidad a la otra portería. Yovani me la quitó y se fue rapidísimo, pasándosela a Rafita. Queda solo contra Chuleta pero Rafita está menos, Chuleta achica, la toma y me ve; despeja, la busco y me encuentro con al menos un cuarto de cancha para tener un buen disparo. Sé que Yovani en cualquier momento llegará a empujarme y quitar la vola, me apresto para tener un buen ángulo. Corro. La bola. Atrás, no hay nadie. Portería. Balón. Se acerca Yovani. Unos metros más, ahí está la portería, tengo buen tiro y sin perfilar doy un zapatazo. Comienza el viaje del balón. Jorge va corriendo para aventarse por él, parece que no va a alcanzar cuando pierdo el equilibrio. Un golpe espantoso en la pierna me hace caer, arrastrado por Yovani que esta vez fue más allá del usual empellón; me enterró por completo el pie en la parte baja del tobillo, cosa que me dolió como nunca nada antes me había dolido en la vida. Cuando veía en la tele a los jugadores en el pasto quejándose, me decía que yo nunca actuaría como ellos porque no amaban el futbol, no le ponían corazón. No me podía levantar, ni apagar el fuego que cubría mi pierna y mi costado, apenas recuperaba la respiración que me intentaba levantar y mi cuerpo me lo negaba. A mis ojos tierra, aire, luego la portería y las piernas de Yovani. Cerraba los ojos para no llorar. Ay, ay, ay escuchaba de mi propia boca, cuando desde la portería vi correr a Chuleta. Tiró los guantes  al piso. ¿Qué te pasa? Ya había tirado ¡joto! Se acercó a Yovani y yo nomás vi cuatro piernas. Fue al balón, que no se haga. Todavía me punzaba el tobillo, pero menos. En su pequeñez se acercó Chuleta a Yovani y yo creo que lo empujó porque lo que vi después fue a Chuleta caer sobre sus sentaderas en el piso, miraba hacia arriba con coraje y miedo, como aquella vez que Fernando nos calló el gol. Deja que tu novio se defienda solo, se cayó porque los dos son mariquitas. Rafita aprovechó la ocasión para sacar el resentimiento que se tenía desde vario tiempo guardado.

Mariquita sin calzones
Se los quita y se los pone

Por fin me pude levantar cuando vi que Chuleta agarró el balón. Pues ya no juegan ¡Puercos! Les gritó. Luego nos fuimos al salón. No pensó que íbamos al mismo salón que ellos y los veríamos después del recreo. Como todas las cosas honestas, sabía que luego nos contentaríamos y volveríamos a jugar. Yo lo esperaba mucho. El salón estuvo tenso, no había la típica plática; de por sí no hablábamos mucho por el nuevo profe, Ysmael. Era moreno, alto, de bigote y calva graciosa, muy alegre pero enojón cuando alguien se distraía. Yovani siempre se sentaba lejos, pero le cambió el lugar a Mariana, que se sentaba atrás de mí. Chst, Cacho. Cacho. ¿estás bien? No quería llegarte tan fuerte, pero me emocioné. Volteé. No pasa nada, Yova, ya estoy bien, le mentí. No quería guardar el remordimiento. Chst, Chuleta ¿sí escuchaste? ¿Qué? murmuró. Que no fue a propósito lo de Yova. No me importa yo no quiero jugar con él. ¿Qué tiene? Además tú fuiste el que lo empujó primero, sólo se defendió. Pos te pegó gacho, me enojé. Pero no me pasó nada, ya estoy bien. ¡Ustedes! Escuché desde el otro extremo del salón, era el profe. Ya me tienen harto, cállense o sálganse. Está bien profe y agachamos la mirada ¿Ya ves? Es su culpa, me dice Chuleta señalando a Yovani. De no habernos hablado. Escuchamos un ¡Chst! Poderoso desde el pizarrón. De nuevo cabeza baja y a poner atención a quién sabe qué.

Todo está muy rico, Julieta, dijo Fernando mientras probaba una cucharada de la sopa de lentejas que en efecto, estaba rica. Sospechaba de que hubiera cocinado ella pero no me podía quejar frente a Chuleta; tampoco frente a Fernando, creo que me mataría. En una semana va a haber pruebas para las fuerzas básicas de las Chivas, Juan. Espero llevarte para que quedes en el equipo, ahí tengo un amigo que te puede probar. Me emocionó de sobremanera el asunto, pero era claro que sólo se dirigía a Chuleta. También podrían probar a Cacho ¿no, Fer? dice Juan que es muy bueno, sugirió Julieta. Fer dudó un poco, pero le sonrió. Sí, también lo puedo llevar. Le noté el disgusto al igual que Chuleta, por lo que mis “gracias” fueron tímidas y calladas por una cucharada de lentejas. Después de comer íbamos a practicar penales y unos pases, pero primero prendimos la tele porque no nos fuera a dar un calambre. Yo veía muy silencioso a Chuleta, que se entretenía cuando Gokú peleaba contra Piccoro Daimakú. ¡Qué padre! ¿Te imaginas que los dos quedemos en las Chivas? Ahora no hablarán de Jorge Campos ni del Temo Blanco, seremos “Chuleta y Cacho”. Ajá. ¿No estás emocionado? Chuleta se encogió de hombros. Sólo miraba a la pantalla. Entró Fernando y lo llamó, Chuleta se levantó y los dos se fueron a la cocina. Supuse que era una plática privada al estilo padre e hijo, no sabría decirlo. Él tenía derecho, tampoco sabía lo que se sentía.

Pasamos el resto de la tarde haciendo pases, en el café de la tierra que contrastaba horriblemente con su casa que ahora tenía pintura azul, puerta de madera y ventanas sin rejas de metal. Lo chocante no era aquello, sino ver que al lado había cubos de ladrillo con tapaderas de aluminio o fibra de vidrio que servían de resguardo para otras familias, por no decirles casas. Se escuchaba un eco terrible con cada patada que recibía el balón, como si nos golpeáramos a través de la esfera con sucedáneo de cuero barato. ¡Pas! y luego las casas tocaban un tambor en la misma nota cuando me llegaba el balón. ¡Pas! se lo aviento a Chuleta; ni me mira. Lo patea más lejos de lo que alcanzo y tengo que correr más allá de la calle que cruza. Lo devuelvo con fuerza para que llegue, pero rebasa a Chuleta y se queda en la puerta, por suerte no le pegué a la camioneta. Me hago unos pasos hacia atrás, a ver si así me habla, sé que no la llega. Camina con ella unos metros, toma vuelo y la envía con todas sus fuerzas; la pelota me pasa por sobre la cabeza y rebota sobre una puerta de aluminio. Retumba cual relámpago y despierta a un bebé dentro de la casa, la alarma está encendida. Tomo el balón rápido, lo pateo con fuerza hacia Chuleta, pero el nervio del puntapié lo envía a la camioneta, me muero de miedo, pero pega en una esquina de la defensa. Lo malo es que se fue bien lejos de él. Chuleta  corrió por el balón mientras yo a su casa, no me fuera a cachar la mamá enojada por el desvelo de su retoño. Lo que puedo asegurar es que fue la tarde menos divertida pasando el balón. Cuando estuve frente a la puerta de madera llegó Chuleta un poco enojado. ¿Qué?  ¿Ya no quieres jugar? Por fin me habló. Es que. Despertaste. A un bebé. En una casa. ¿Para qué dejas ir la bola? Fue tu culpa. Bueno, hay que hacer otra cosa ¿no? Me quise evitar una discusión o que me dejara de hablar otra vez. Si me cachan allá, mi mamá no me va a dejar venir y menos a ir con las Chivas. Al mencionar la prueba se volvió a poner tenso, se sentó sobre uno de los escalones que llevan a la puerta y dejó el balón al lado. Se quedó mirando al piso. El cielo se decoraba con algunas nubes y el viento empezó a soplar; primero se llevaba un poco de polvo, luego movía unos cabellos, los de Chuleta, los míos. No me quise sentar junto a él, era asumir que comprendía lo que lo traía así cuando en realidad no sabía que lo había callado de repente. Se movió el balón lejos de él y no hizo por recogerlo. Era un portero, en su sangre debería de estar quedarse con la bola ¿Y si sólo quieren a uno? yo no quiero que vayas a la prueba conmigo, Cacho. Me miró sin enojarse, pero resuelto. ¿Por qué? Si vamos los dos te van a escoger a ti, eres más bueno, metes goles. Me quedé callado; era cierto como que también él estaba un poco chaparro para ser portero. Ahora sí me senté junto a él, estaba igual de confundido. ¿Que no íbamos a jugar juntos en la selección? Él, Jorge Campos, yo, Temo Bravo. ¿Pero y si sí entramos los dos? ¿No estaría padre? Aparte, somos posiciones diferentes, yo soy delantero y tú portero. Pero Fernando me dijo sólo a mí. Mi mejor amigo me pedía que renunciara a mi sueño, al sueño que los dos teníamos. Ya no era el que no le tenía miedo a Fernando, ahora le obedecía con gusto. Nos quedamos callados un rato viendo cómo el viento pasaba el balón de su lado hacia el mío y después se alejaba y nosotros igual, sentados afuera de la única puerta de madera en la cuadra. Era bonita, aunque no considero que combinara con el azul; una madera tan viva necesitaba colores muertos, sino era una flor rodeada de más flores, sin sentido. Pero puedo ir después de que vayas tú, ¿no? Más silencio; me paré, fui por la bola y caminé hacia él ¿Le vas a decir a Fernando que si me lleva después? insistí. Su cara seguía buscando figuras en la tierra. Le aventé el balón con fuerza a la cara. Lo desvió. Claro que lo escogerán, tiene buenos reflejos. ¿Por qué me lo avientas? me gritó enojado. Ya me voy. Caminé a mi casa sin evitar sacar algunas lágrimas y un poco de mocos. Ahora nomás él puede ser futbolista, él y sus guantes nuevos y su balón y su camiseta de Jorge Campos y sus papas y sus tazos que, aunque lo negara, guardaba para jugar con Rafita. Me aguanté las ganas de voltear para atrás por miedo y enojo. Pinche Chuleta, pinche Juan.