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lunes, 27 de agosto de 2012

DÍA DE LLUVIA - Parte 2


Un fuerte viento se cuela por las ramas del guayabo hacia la ventana, ahora que acabe esta partida Javier se decidirá a cerrarla. Tal vez no. Sopla más fuerte y entra bastante agua. Pero está reacio a cerrarla porque puede perder una vida, con eso el récord y quizá la partida. Va en ascenso perfecto y ¡un trueno espantoso! Cae agua a raudales y se le hela la espina. Desconcertado dispara a todos lados y aprovecha su confusión para cerrar la ventana, ya hay un charco en el piso. Nunca había sentido miedo por una sola tormenta, pero estar tan cerca de ella, expuesto por su ventana abierta, le dio un poco para temer. Pero todo tranquilo, no había perdido la vida.

En media hora ha recorrido una cantidad cercana a un kilómetro. No parece tan poco, pero en este mundo en el cual los autos supuestamente nos acercan más rápido a otros lugares, es paradójico cómo a veces hacen los trayectos más lentos y pesados. Ya la lluvia anegó todo por encima de las llantas. Todos encienden sus luces a media tarde y el aire acondicionado calienta las manos de Ximena. La gente no acaba de comprender que se mueven tan poco porque está inundado y son demasiados. Tampoco entienden que el claxon no es un artefacto mágico que hace que se abra el camino. Qué estrés. El cielo está gris pero parece una cascada. La marca de gasolina está ya muy cerca de la e, pero no hay luz que se prenda todavía, no hay  de qué alarmarse.

Va una hora de juego y la lluvia parece no amainar. Todo está bien mientras las paredes se mojen y su juego continúa con tranquilidad. Desde aquel trueno no escucha más que lejanos golpeteos del cielo, pensar que hasta ahora ha perdido sólo una vida es impresionante. Luego un trueno más cercano y potente. Es raro que con la lluvia no se haya ido el internet. Llega otro trueno de mayor duración. Le sorprende más que la luz no se haya ido. Un estruendo que atraviesa las paredes, las ventanas y llega directo al miedo en Javier. No sabe si es una señal de las nubes que le advierten sobre apagar su aparato antes de que algo peor pase. Pierde otra vida. Se asoma al patio que ahora parece fosa. Dos truenos continuos. Esto se torna más angustiante para Javier. Pero el juego está bien. Sube el volumen de la televisión y todo es disparos, explosiones, gritos de ayuda, pero no truenos, eso no.

La luz de la reserva se ha encendido. Lo ventajoso es que a unos trescientos metros está una gasolinera, lo mejor es que está sobre el nivel del agua que casi tapa las luces. Al principio, cuando llueve, una se siente segura porque va en carro, pero con el cielo así de gris – voltea a ver al cielo – bueno, ya no tanto. Pero eso no es lo que asusta, sino que cuando vez para abajo y en vez de llantas ves agua – le dice Ximena al despachador. De pronto una rama enorme cae sobre los autos, llega a abollar uno de ellos. Esa pudo haber sido Ximena, le llega la desesperación y el alivio. Muy amable, le cobran y le dicen que se pueden estacionar al lado mientras se tranquiliza el tráfico. Ximena sigue su conejo. Se estaciona, se escucha un trueno a lo lejos, allá donde el cielo sigue negro. Mira por sobre su cabeza  y suspira ¿cómo estaría Javier? ¿Tendría el miedo que ella? Por una parte qué bueno que no vino.

Los golpeteos de las gotas se intensifican sobre las ventanas de Javier. Más volumen. Otros truenos sordos. Dos víctimas más, eso le da ánimos. La lluvia parece cantarle a Javier, le anuncia que haga lo que haga caerá. No, son ideas mías – se dice Javier mientras se tapa con su cobija. Un trueno más intenso. Voltea al guayabo y no le ve más que la rama que apunta a su ventana ¡Lo matan de nuevo! Tendrá que comenzar de nuevo, cuando se apaga todo: el juego, internet, la luz. Sólo queda el ensordecedor clamor de la lluvia y los relámpagos amenazantes ávidos de protagonismo, hambrientos del miedo de Javier. Más allá de eso todo es silencio. No sabe si buscar las velas o esperar a que la luz regrese. Prende su celular para no quedar a solas en tal tormenta. La lluvia baja y se da cuenta de la batalla de gritos que había entre su  tele y la lluvia. Ahora un callado goteo. Es hora de ir por las velas. Va en la puerta cuando un estruendo infernal lo hace gritar de miedo, voltea al guayabo que tiene una llama discreta a medio tronco. Qué cerca siente la muerte Javier; aún siendo niño. El fuego se disipa rápido. La luz vuelve. Javier duda si tomar el juego o no. Qué importa, la luz retornó y la lluvia se calmó. El guayabo resuena. Javier siente calor, abre la ventana, ya no hay tanta alarma. El juego comienza y baja el volumen de la tele. Un crujido más. Quizá más volumen ayude; una granadas para allá y ¡el maestro ha regresado, señores! El guayabo se vence y cae. TheMaster__MexComander quiere verlos arder. El guayabo continúa cayendo, apunta su rama como una lanza. Algunas vidas por aquí y otras más que ha salvado para si mismo. La gravedad es implacable, el guayabo atraviesa el umbral y se entierra en la cabeza de Javier como un hacha en la madera.

Qué caos. Al menos ya está en lo seguro. Ximena sólo ve una horda de automóviles atorados bajo pocas gotas ya. Todos se apeñuscan al lado de la rama, para rodearla, pero nadie deja pasar a nadie, no hay comprensión. El agua comienza a bajar y ya sabe su madre que hoy no alcanzará a ir, sólo falta que baje más el agua y se regresa a casa. Javier, no se la pasará tanto tiempo solo. No busca entenderlo. Mira al cielo y ya no hay gris, está un amarillo que viene del horizonte, muy extraño. Baña a todo del mismo tono vivo. En frente, como tomando los colores que olvidó el sol, hay dos arcoíris. Fuertes y definidos. Ximena piensa en uno para Javier y otro para ella. Qué preocupación y qué tristeza le da. Si tan sólo saliera un poco, dejara de estar encerrado, podría apreciar el mundo en el que realmente vive, donde sólo tiene una vida y por eso debe aprovecharla.

miércoles, 22 de agosto de 2012

DÍA DE LLUVIA - Parte 1



Era él de tarde, de madrugada y de día. Siempre el cabello largo a medio peinar porque mamá se enojaba si no se ponía gel. No quería ser el niño que ella le decía, pero tampoco deseaba desagradarle, al fin de todo era su madre. Todos los días, era su culpa, que si ya traía el pelo largo, que si el uniforme estaba roto, que si la cocina sucia… y más ahora que eran vacaciones. De lo que sí podía estar contenta era que Javier siempre comía. A pesar de verse flaco, todo lo que iba a la mesa desaparecía. Quizá sería que no limpiaba su ropa o desatendía la cocina, aunque órdenes directas nunca desobedecía. No podía alegar que no tenía tiempo, porque en esta época, aunque no había viaje planeado él ya tenía en mente saciar una de sus adicciones: jugar videojuegos como un desquiciado. No comprendía por qué su mamá no lo dejaba disfrutar el juego a sus anches si ya no había escuela. ¿Qué interés tenía ir con la abuela? Y más con las nubes tan negras afuera.

Ahora con las modas en educación  Ximena no quería discutir de más con su recién estrenado puberto de doce años. La colonia era chica y segura, no sabía cómo ganarle amigos a Javier. Quizá fuera porque su padre se fuera allá afuera y nunca volviera. Puede también que sólo se trate de que el niño sea raro. Es una incertidumbre grande, una quiere que jueguen afuera y crezcan, que sean felices y tengan amigos, no como una. Pero qué tal si no le sirve, o si contrariarlo lo trauma. Hacer esto sola y a estos años. Aunque sea que conviva, sino conmigo con el resto de su familia. Seremos pocos pero nos queremos mucho. Mi mamá, mi hermana, Javier y yo. No conozco lo que sienta el niño, aunque ya no lo sea tanto, tampoco es tan hombre. No sé si le haga bien jugar hasta aburrirse o mejor obligarlo a que vaya con su abuela, como si hiciera algo más de provecho viendo tele junto a Chavela. Al pensar en eso no me pongo triste, pero me doy cuenta lo jodidos que estamos.

Javier no entiende a mamá, esta tarde, tan solo ésta, no quiere ir con su abuela. Le aburre tener que escucharlas a ella y a su “abue” hablar de todas las enfermedades. Cuando les va bien platican de personas, pero a la mayoría no las conocen y todas terminan enfermas o muertas. Luego queda la tía Chavela que desde su accidente se pasa viendo novelas de TvAzteca. Lo más molesto es que no le puede cambiar porque todas lo regañan y al final se resume en que fue su culpa. No esta vez, por favor mamá – dice Javier como arrastrando la voz, alargando las vocales. – Bueno, pero te quiero ver afuera cuando me vaya – le ordena mamá ¿Por qué afuera si se ve luego, luego que va a llover? Quiere que haga amigos pero no sabe que ellos no quieren juntarse con él, no les interesa verse con alguien que no sabe de música y que ni un bote de plástico puede patear. Mamá no sabe que los niños pueden ser malos, pueden golpear, aventar piedras, insultar y no hay nadie que lo defienda. Ni un hermano mayor que regrese a tirarles rocas más grandes. Las mamás olvidan que los niños pueden ser casi igual de crueles que las mujeres.

Ni modo, si tanto ha de insistir en quedarse yo me voy – pensó Ximena. Nomás que si se inunda la casa, ya verá, le quito ese juego hasta por un mes. Ximena toma su chamarra, decide no decirle nada a Javier, igual y así aprende. Lo bueno que hoy se riega el guayabo. Contrario a la palmera, el guayabo sí creció algo, da buena sombra al cuarto de Javi, de por sí le cuesta dormir. No me tardo, mi vida – le grita, a lo que responde un bisílabo “okei” largo y tendido, sin espíritu ni fuerza, eso ni siquiera llega a flojera.

Todo listo para la jornada de juego. Se cerciora de haber cerrado todas las ventanas, las mira de frente y en todas mira su reflejo: blanco, pelo medio grasoso y ni una espinilla, todavía. Es el maestro de la casa. Nadie juega como él y que ahora se prepare el internet porque llega TheMaster__MexComander; con doble guión bajo, eso no se le ocurre a cualquiera. Enciende la consola y el módem, pero antes hay que pasar a la alacena por unas galletas y un refresco, no quiere dejar el escenario a media partida por falta de recursos. Se pone en el sillón al lado de la cama, las galletas sobre de ésta y el refresco en el piso. Mejor abre un poco la ventana, porque aquí va a hacer calor y al lado del guayabo ve un rayo. Es mejor idea estar adentro que afuera.

El tráfico está insoportable. Ni siquiera ha comenzado a llover y ya la gente se está abultando. Lo bueno es que la madre de Ximena vive lejos, al otro extremo de la ciudad. Lo malo es que su casa queda lejos y Javier de seguro está solo. La tecnología, como sea, le sirve de mucho. Le habla a su madre por el celular y le avisa que estará atorada en el tráfico un buen rato, pero que ya va de camino. Javier no quiso venir. No sé, son vacaciones, esta vez lo dejé, en una de esas se aburre y hace otra cosa – le platica Ximena. Mira el cielo negro, caen las primeras gotas y ella cierra la ventana. Mira por el retrovisor, parece que en casa ya estaría lloviendo.