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martes, 4 de septiembre de 2012

LA MEDIANA EDAD


¡Ding!¡Ding!¡Ding!

5 a.m. Apagar despertador. 05:05 a.m. volver a apagar despertador. Decirle a Lucía que ya voy. Incorporarme. Tallarme los ojos. Poner lente ¿dónde diablos están esos lentes? Lentes. Luz de buró. Prenderla. Apagarla porque le molesta a Lucía. De pie. Pantuflas, porque el piso del baño está muy frío. Pared, buró, buró ¡cajón! ¿Por qué nunca lo cierra? Buró, pared, baño. Cerrar la puerta. Prender luz. Entrecerrar los ojos. Tasa. Mear. Tirar cadena. Lavamanos. Agua. Agua a la cara. Los lentes, otra vez mojé los lentes. Abrir los ojos. Ver cara, cabello. Cada día que lo observo veo menos pelo. Tallar ojos. Secar lentes. Toalla. Quitar camiseta. Quitar trusa. Prender regadera. Entrar. ¡Qué fría está el agua! Champú. Jabón. Agua, sigue fría. Escuchar a Lucía. Ya voy. Que me escuche. Buenos días, Ramón. Buenos días, amor. Costumbres, ¿qué son hoy? Salir del baño. Que Lucía entre. Calzón. Calcetines. Pantalón. Camisa. Los lentes, esos mentados lentes. Abrir puerta ¡Está helando, ciérrale! Ya voy, dejé aquí los lentes. Frío. Rasurar. Abrir de nuevo la puerta y escuchar las quejas de Lucía, mucho frío, dice. Rastrillo. Crema. Rastrillo y crema. Cortada, sangre, quema un poco, cae sobre la camiseta, es interior, no importa. After shave, arde un poco más que la herida pero ha de desinfectar. Camisa, por fin, no se nota la mancha, no se pasa. 5:40 a.m. despertar a Lucy, Marcela y Pablo. No le quise poner mi nombre, es el más chico y aunque sea el único hombre (y espero que el último) sería demasiado egoísmo. Que el niño sea diferente, que sea su propio ser sin buscar ser yo, no que sea malo, sólo que no es muy prometedor. Tocar puertas, prender la luz del pasillo, sin ser tan militar, aparte que deben de aprender a levantarse siempre temprano, el pan no llega solo a la casa. Bajar a la cocina, tomar las naranjas, sacar el jamón, preparar el huevo, no importa si está muy caro, pronto el precio tendrá que bajar, hueveros abusivos, si supieran lo que sufrimos por su causa. Leche para Pablo, prender la cafetera. Antes hay que poner el filtro, poner agua en la jarra. Así estará caliente más antes.  Prender la estufa y sacar el aceite, ponerle poco, con que no se pegue. Primeras gotas de café, el aceite arde y el jamón está cortado. Aventar todo el huevo. En la tele están las noticias y se escuchan las dos regaderas, las niñas las comparten, no tenían que ser dos, pero Pablo salió hasta el tercer intento. En las noticias otro aumento a la gasolina, Loret de Mola sonriente como siempre, su auto ha de ser híbrido o también aumentó su sueldo. La leche para Pablo. Entra Lucía, hoy tiene guardia. Hace el jugo y lo cuela. Tin, el café está listo. Baja Lucy dormida, a sus 14 años llora por café, no sabe el mal que le hace, tómese su jugo y coma su huevito. Sí, papá. Siempre tan obediente, tal cual debe, para eso la de criado, buena mujer que cocine y obedezca. Aunque ésta todavía no agarra un sartén. Pablo ya está listo y despeinado. Lucy, peina a tu hermano. Lucía se va con su taza al baño de las niñas. Que ahora también están cerradas las entradas a las laterales, que agarre la central desde la glorieta de Lapislázuli. ¡Bendita mierda! Que regresa Lucy sola, ¿qué te dije de que peinaras a tu hermano? Mamá lo está peinando, me dijo que podía desayunar. Baja Marcela, hace un par de semanas que tuvo su primera regla, menuda molestia. Baja Lucía con Pablo, tan bien peinado y bien portado. Lo vas a hacer inútil de tanto que lo chiqueas. Está chiquito, todavía no importa, aparte ahí están sus hermanas. Ay no, qué flojera ¿Flojera qué? le digo a Marcela ¿Qué no te cuidamos a ti cuando estabas más pequeña? Sí, pero. Pero, nada.

6:30 a.m. Me lavo los dientes y estoy en el carro, está muy respondona ésta. Las noticias. A  esta hora no hay tráfico. Lucía quedó de llevar a los niños. Mañana me toca a mí, regularmente no me molesta llevarlos, lo que me preocupa es el tráfico, en el cual me veo atrasado, sobre todo cuando está la entrada del periférico; no pasa nada, hoy voy temprano y el día empieza bien, así ha de seguir. Un par de semáforos, vuelta a la izquierda, pongo flecha, se atora. Saco la mano. Lo malo es que no hay taller que abra los domingos ni después de las 6 p.m. y lo arregle rápido. No lo puedo dejar en la agencia porque sale muy caro. Paso un tope, la caseta de seguridad, muestro mi identificación y llego al estacionamiento. Tarjetón de horario, lo checo a las 7:15 a.m. y tengo tiempo de sobra para servirme otro café. No hay nadie en la zona común, estiro las piernas sentado en el sillón, miro el control de las horas. 7:30 a.m. Gómez. Martínez. Juan Manuel. Don Ramiro. Ni una mujer llega a tiempo, yo creo que no están hechas para esto, se deberían de quedar en casa si no pueden, llevan mejor la administración del hogar, les falta colmillo para esto. 7:55 a.m. Mi escritorio, prendo mi computadora. Abrir la lista de pendientes, hoy toca revisar el lote que terminaron ayer, siete mil microchips para sensores de movimiento. Tomar la lista. Prueba aleatoria por lotes de cuatrocientos y un último de doscientos. Uno, completo. Dos, completo. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Doce. Dieciséis. Veintiocho. Revisar la factura. Comprobar pago. Vaciar información. Sorbo al café. Imprimir reporte. Enviar copia a departamentos. Otra vez. Chips para sillas motorizadas. Revisión. Lote. Odiar este trabajo. Pegarme con una caja suelta. Reportar. Registrar. Hora de comer.

Cerrar los ojos.

Quitar los lentes. Tallar los ojos. No hay gotas. Celular. Contestarlo. Es la escuela, Pablo tuvo un accidente. Tranquilo, está bien. Hay que llevarlo a casa. Que vaya su mamá. No está en su trabajo Debe de estar asistiendo en operación. Urge que vayan por él, está muy alterado. ¿No hay una ronda que se lo pueda llevar? Tengo que hablar con el director. Un momento. Colgar. Marcar a Lucía. Suena. Silencio. Suena. Silencio. Buzón. Extraño. Hablar escuela. Pedir una hora. Pedir permiso en trabajo. Explicar al practicante los procedimientos consecuentes. Asegurar todo. Llaves. Carro. Seguridad. Identificación. Tráfico. Tráfico. Semáforo. La fila de camionetas en tercer carril con intermitentes de señoras que recogen del kínder de en frente a sus niños. Estacionamiento y oficina del director. Se peleó otra vez. Sangre en la nariz, está expulsado por tres días. Qué bueno que se defienda. Me dijeron que mi mami ya no va a vivir en la casa porque ya no te quiere y voy a tener otro papá. Y no es cierto. Qué bueno que les pegaste, hijo. Que aprendan. Ahora te dejo en la casa y esperas a que lleguen tus hermanas, porque yo tengo que regresar a la oficina. Pero tengo hambre. 3:20 p.m. llegamos a la misma hora que las niñas. Pedimos comida. Lavar mis dientes y regresar a la oficina, hace unos meses que no comía en casa. Marcar a Lucía. ¿Cómo que se peleo? Está suspendido por tres días, se va a quedar en casa. No, llévatelo al trabajo de castigo. Está bien, a ver si aprende algo. Hoy es libre, se lo ganó por defender el nombre de su familia. Carro. Otra vez atorada la flecha. Mano. Seguridad. Identificación. Tope. Estacionamiento. Ficha de horario. Revisar pendientes. Ya llegué, señor. El practicante tiene un ataque de nervios. Tranquilo, ahorita lo arreglamos. Revisar lote. Prueba aleatoria. Muestras. Vaciado en la computadora. Registrar anomalías. Beber agua. Siguiente lote. Revisar anomalías. Tres de cuarenta muestra con errores. Vaciado en computadora. Reportar anomalías. Beber agua. Pasar dos comprimidos. Resumen de actividades. Parte BD2 completa, problemas con número de parte C42A21, C834A7. Cerrar libros, salvar el documento, salvar respaldo de disco duro. Apagar computadora. Apagar ficha. Carro. Identificación. Seguridad. Tope. Tráfico. Un choque. Cambiar ruta. Tráfico. Semáforo. Vuelta. Callejón. Casa. Niños cenan cereal, yo también. Lucía llega hasta mañana a mediodía. Está bien. Cuarto. Cajón abierto, lo cerré hoy en la mañana. Etiquetas de ropa nueva. Calzones y brasier negros con motas blancas, borde rosa al final. De por sí, siempre está lleno el cajón. Dientes. Pijama. Dormir.

¡Ding!¡Ding!¡Ding!
Apagar despertador. 05:05 a.m. apagar despertador. Lámpara. Pared. Buró. Pared. Baño. Los lentes, luego. Regadera. Ropa. Barba. Lentes. Niños. Desayuno ¿Por qué Pablo no va a la escuela Porque se portó mal, acaben de desayunar. Dientes. Tráfico. Escuela. Tráfico. Semáforo. Semáforo. Flecha, atorada. Mano. Tope. Caseta. Identificación. Estacionamiento. Córrele, Pablo, que llego tarde. No chille, sea hombrecito. Te duermes adentro. Ficha registrada a las 7:50 a.m. Computadora. Pendientes. Diez lotes. Ahí duérmete. Prueba aleatoria. Muestras. Computadora. Reporte. Café. Café. Lote dos. No molestes, Pablo. Computadora. Reporte. Café. Hora de comer. Vente, Pablo. No vamos a casa, mamá está dormida. Comida. Agua. Dos comprimidos. Cállate, niño. Muestras computadora. Reporte. Marcar a casa. Lucía ¿Cómo te fue, mi vida? Bien, Ramón, gracias. Ella prepara cena. Mañana no está a mediodía, que Pablo venga otra vez. Pero cómo chilla. Porque lo tienes bien chiqueado. Está chiquito. Y qué, mañana te lo llevas. Pasado descanso, que se quede contigo. Trato. Adiós. Resumen. Ficha. Quitar los lentes. Apagar computadora. Tope. ¡Qué cansado! Carajo día. Identificación. Seguridad. Tráfico. Pablo llega dormido. Casa. Cena. Cierro el cajón. Dientes. Noche.

¡Ding!¡Ding!¡Ding!

Despertar. Pared. ¡Otra vez ese puto cajón! Baño y lentes, pinches lentes. En la oficina. Los de contacto. Baño. Vámonos, niñas. Pablo, tú también. Adiós, amor. Adiós Ramón. Así me dice ahora. Salimos. Pinches lentes de contacto. Escuela. Adiós, papi; sólo lo dice Marce. Pablo duerme. La direccional sigue pegándose. Saco mano. Tope. Caseta e identificación. Estacionamiento. 8:02 a.m. verifiqué tarde. A seguir trabajando. Computadora. Lote. Revisión. Pablo, estáte. Otra mierda de muestras. Reporte. Computadora. Segundo muestreo. Hora de comer. Hoy sí nos vamos a la casa. Caseta, identificación, tope. Poco tráfico. Vuelta. Incorporación. Claxon a lo lejos. ¿Para qué me enojo si el de la prisa es él? Papi, quiero ir a ese restorán. No, mijo, vamos a la casa. Motor acelerado. Ándale, papi. Claxon. No, te digo. Pero, papi. Las revoluciones fuertes. Está bien, pues. Direccional, ahora no se pega. Freno.  Tuerzo el volante. Sí papi ¡qué padre! Meto la mano. Claxon, rechinido de llantas, volteo, viene de frente. Acelero un poco. Vueltas, miles de vueltas. Pablo cálmate, no llores que todo está bien. Papi. Lágrimas. Todo da vueltas, el pecho me duele como si me hubieran enterrado un puñal. Papi. Silencio. Oscuridad.

Tin, tin, tin, tin, tin…

Ese sonido. Oscuro. Es el sonido de un… algo. Huele a muerto embalsamado. Tin. Tin. Pasos. Hojas que dan vuelta. Mi cuerpo. ¡Pablo! Abro un ojo. Todo es blanco. Un cuerpo de mujer vestida de enfermera. Se ven sus bragas. Negras con puntos blancos. Una mano llega a su trasero. Le baja ligeramente el pantalón. La orilla del calzón rosada. Aquí no. Qué importa, está dormido. Cierro el ojo. Oscuro. Silencio.

¡Ding!¡Ding!¡Ding!

¿Qué? Perdón, amor, no quité la alarma. Duérmete. Mi costado. Se mueve Lucía, no prende la luz. Es sigilosa. Yo llevo a los niños, me dieron chance en el hospital. ¿Pablo? No le pasó nada, está bien. Quiero ir al baño. Pared. El brazo izquierdo dentro de un yeso. Uso la derecha para caminar. Levantarse a mear, de los pocos placeres que tiene uno, para darse cuenta de que sólo vive para resistir puros embates de mierda, pero igual es una vida que he luchado para mantener. En la juventud veía claro el horizonte, ahora veo el pasar de los días, donde el límite está al final del día, lo único que importa más que trascender y todos esos juegos pueriles, es llegar al fin de semana, estirar los pies y sonreír porque hay comida en la mesa y una película en la televisión.

lunes, 27 de agosto de 2012

DÍA DE LLUVIA - Parte 2


Un fuerte viento se cuela por las ramas del guayabo hacia la ventana, ahora que acabe esta partida Javier se decidirá a cerrarla. Tal vez no. Sopla más fuerte y entra bastante agua. Pero está reacio a cerrarla porque puede perder una vida, con eso el récord y quizá la partida. Va en ascenso perfecto y ¡un trueno espantoso! Cae agua a raudales y se le hela la espina. Desconcertado dispara a todos lados y aprovecha su confusión para cerrar la ventana, ya hay un charco en el piso. Nunca había sentido miedo por una sola tormenta, pero estar tan cerca de ella, expuesto por su ventana abierta, le dio un poco para temer. Pero todo tranquilo, no había perdido la vida.

En media hora ha recorrido una cantidad cercana a un kilómetro. No parece tan poco, pero en este mundo en el cual los autos supuestamente nos acercan más rápido a otros lugares, es paradójico cómo a veces hacen los trayectos más lentos y pesados. Ya la lluvia anegó todo por encima de las llantas. Todos encienden sus luces a media tarde y el aire acondicionado calienta las manos de Ximena. La gente no acaba de comprender que se mueven tan poco porque está inundado y son demasiados. Tampoco entienden que el claxon no es un artefacto mágico que hace que se abra el camino. Qué estrés. El cielo está gris pero parece una cascada. La marca de gasolina está ya muy cerca de la e, pero no hay luz que se prenda todavía, no hay  de qué alarmarse.

Va una hora de juego y la lluvia parece no amainar. Todo está bien mientras las paredes se mojen y su juego continúa con tranquilidad. Desde aquel trueno no escucha más que lejanos golpeteos del cielo, pensar que hasta ahora ha perdido sólo una vida es impresionante. Luego un trueno más cercano y potente. Es raro que con la lluvia no se haya ido el internet. Llega otro trueno de mayor duración. Le sorprende más que la luz no se haya ido. Un estruendo que atraviesa las paredes, las ventanas y llega directo al miedo en Javier. No sabe si es una señal de las nubes que le advierten sobre apagar su aparato antes de que algo peor pase. Pierde otra vida. Se asoma al patio que ahora parece fosa. Dos truenos continuos. Esto se torna más angustiante para Javier. Pero el juego está bien. Sube el volumen de la televisión y todo es disparos, explosiones, gritos de ayuda, pero no truenos, eso no.

La luz de la reserva se ha encendido. Lo ventajoso es que a unos trescientos metros está una gasolinera, lo mejor es que está sobre el nivel del agua que casi tapa las luces. Al principio, cuando llueve, una se siente segura porque va en carro, pero con el cielo así de gris – voltea a ver al cielo – bueno, ya no tanto. Pero eso no es lo que asusta, sino que cuando vez para abajo y en vez de llantas ves agua – le dice Ximena al despachador. De pronto una rama enorme cae sobre los autos, llega a abollar uno de ellos. Esa pudo haber sido Ximena, le llega la desesperación y el alivio. Muy amable, le cobran y le dicen que se pueden estacionar al lado mientras se tranquiliza el tráfico. Ximena sigue su conejo. Se estaciona, se escucha un trueno a lo lejos, allá donde el cielo sigue negro. Mira por sobre su cabeza  y suspira ¿cómo estaría Javier? ¿Tendría el miedo que ella? Por una parte qué bueno que no vino.

Los golpeteos de las gotas se intensifican sobre las ventanas de Javier. Más volumen. Otros truenos sordos. Dos víctimas más, eso le da ánimos. La lluvia parece cantarle a Javier, le anuncia que haga lo que haga caerá. No, son ideas mías – se dice Javier mientras se tapa con su cobija. Un trueno más intenso. Voltea al guayabo y no le ve más que la rama que apunta a su ventana ¡Lo matan de nuevo! Tendrá que comenzar de nuevo, cuando se apaga todo: el juego, internet, la luz. Sólo queda el ensordecedor clamor de la lluvia y los relámpagos amenazantes ávidos de protagonismo, hambrientos del miedo de Javier. Más allá de eso todo es silencio. No sabe si buscar las velas o esperar a que la luz regrese. Prende su celular para no quedar a solas en tal tormenta. La lluvia baja y se da cuenta de la batalla de gritos que había entre su  tele y la lluvia. Ahora un callado goteo. Es hora de ir por las velas. Va en la puerta cuando un estruendo infernal lo hace gritar de miedo, voltea al guayabo que tiene una llama discreta a medio tronco. Qué cerca siente la muerte Javier; aún siendo niño. El fuego se disipa rápido. La luz vuelve. Javier duda si tomar el juego o no. Qué importa, la luz retornó y la lluvia se calmó. El guayabo resuena. Javier siente calor, abre la ventana, ya no hay tanta alarma. El juego comienza y baja el volumen de la tele. Un crujido más. Quizá más volumen ayude; una granadas para allá y ¡el maestro ha regresado, señores! El guayabo se vence y cae. TheMaster__MexComander quiere verlos arder. El guayabo continúa cayendo, apunta su rama como una lanza. Algunas vidas por aquí y otras más que ha salvado para si mismo. La gravedad es implacable, el guayabo atraviesa el umbral y se entierra en la cabeza de Javier como un hacha en la madera.

Qué caos. Al menos ya está en lo seguro. Ximena sólo ve una horda de automóviles atorados bajo pocas gotas ya. Todos se apeñuscan al lado de la rama, para rodearla, pero nadie deja pasar a nadie, no hay comprensión. El agua comienza a bajar y ya sabe su madre que hoy no alcanzará a ir, sólo falta que baje más el agua y se regresa a casa. Javier, no se la pasará tanto tiempo solo. No busca entenderlo. Mira al cielo y ya no hay gris, está un amarillo que viene del horizonte, muy extraño. Baña a todo del mismo tono vivo. En frente, como tomando los colores que olvidó el sol, hay dos arcoíris. Fuertes y definidos. Ximena piensa en uno para Javier y otro para ella. Qué preocupación y qué tristeza le da. Si tan sólo saliera un poco, dejara de estar encerrado, podría apreciar el mundo en el que realmente vive, donde sólo tiene una vida y por eso debe aprovecharla.

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿ALGO QUE LE HAGA FALTA?





Estaba ahí. Un restaurante de lujo, para mí. La veía llegar, siempre elegante, en sus cabellos negros, vestidos coloridos y su novio llamativo. Quisiera estar con ella en silencio. Algunas tardes vienen, ríen y se van por la noche. Ríen o parecen hacerlo. No sé si es amor o será la soledad, pero ella es más de lo que imaginarían los antiguos griegos, al describir la belleza. Sus ojos grandes y voz amable me provocan; me empujan a vivir y a verlos sin saber qué hacer.

Otro día que vienen, ella muy elegante y él indiferente, cual modelo de revista. No puedo imaginar cómo puede pasar un segundo sin admirarla. - La mesa cinco, te toca a ti. Me dice el capitán y no creo, no puedo, es la misma mesa y sólo veo. No está Guillermo, será porque es enero. Aunque haga frío se sientan en la terraza, ella en vestido negro y collar de perlas, un abrigo que se rehúsa quitar. No siento nervios, no siento nada. Él revisa su teléfono y ella busca a alguien en el restaurante, es un cisne. Estira su blanco y delgado cuello, entreabriendo un poco los botones debajo del collar y entreveo su escote; su cristalina piel no muere de frío. Desconozco por qué creo que sufre, apenas y levanta la mano. Tengo que ir, ser profesional. Es mi trabajo. Antes de llegar, el hombre ríe voltea hacia ningún lado.

¿En qué les puedo servir? – Soy un tonto, ni siquiera arrojo el saludo inicial, tienen que ser bienvenidos primero. He cometido mi error, no puedo hablar más. Tráiganos lo de siempre – me avienta él, indiferente; mira hacia todos lados, no ve nada en realidad. Me atrevo a confirmar con ella, su sonrisa amable me da permiso de huir de la mesa. Es increíble cómo mantiene la compostura frente a tal muestra de desdén. O ella es sublime, o va detrás de su dinero. No sé cómo me atrevo a pensar siquiera que ella fuera capaz de tal vileza. Entro a la cocina y veo que no sé qué es lo de siempre. Si tan sólo yo fuera Guillermo. Me deslizo con pena hasta su mesa, admito mi error. Él se impacienta. Ella, conciliadora, me ordena un par de chardonnays y carpaccio de salmón. – No importa, gracias. Me agradeció ese ser divino, qué sutileza, qué calidez, qué ilusión tan irreal. Parece una exageración pero es una realidad. Moriré sin ver a esa estrella en todo su resplandor.

Siempre bajo el mismo yugo. Qué dicha de estar frente a ella de respirar el mismo aire. Qué tristeza tenerla de frente e ignorar la alegría que brinda ella. Pobres ricos, a fuerza de buscar la felicidad al final del camino, no se dan cuenta de que está en la vereda. Pasan una tarde gris, a pesar de mi embelesamiento. No logro concebir cómo un rostro tan dulce puede ser ignorado tanto tiempo. Parece en pausa, no se inmuta más que para responder – ¿Algo que les haga falta? – él levanta la mano y ya; ella se enciende de nuevo a la vida, sonríe amable, me mira con esos ojos enormes ¡Llenos de beatitud! – No, gracias. Frente a ella temo decir cosas de más, estar más del tiempo justo a su servicio, pasar tantas veces que pueda llegar a molestarla. Se me olvida que tengo otras mesas qué atender. Hay todo un resto de comensales impacientes, enojados, hasta hambrientos quizás. Es muy extraño, de verdad raro, que a un restaurante como este la gente venga porque tiene hambre. Las personas que llegan aquí, lo hacen para denostar poder, entretenerse, congraciarse, vienen a ser alabados con la excusa de una bebida o un alimento, a veces los dos. Acuden a estos lugares a conversas y disfrutarla vida; además, los alimentos gourmet tienen el permiso de estar mal racionados porque son justamente eso, “gourmet”. Por eso es raro ver gordos por aquí, aunque nunca falta el político que vende humildad por televisión y aquí se acaba el erario.

Caigo en la tentación, aunque sigo lejano me desplazo de a poco a su mesa y rezo con exactitud “¿Algo que les haga falta?”. Por vez primera habla él – La cuenta. Me dispongo a retirarme. Gracias – me sorprende su voz, melodiosa y fría, calculada para ser todo ternura. Me volteo y la veo a sus ojos tristes, me sonríen. Bajo la mirada.

Guillermo vuelve al servicio y ocupan la mesa cinco. Quisiera ser de esos meseros de confianza que se acercan a saludar aunque sea para dar la bienvenida. Pero ése no soy yo, es Guillermo. Han de ser muy especiales pues de seguro él será el nuevo capitán. Llego a la cocina no noséqué comandas y a pedir platillos, en silencio – ¿Qué es esto? ¿Que? ah, un pato asado en vino blanco. La próxima apúntale bien si sigues así de mudito. – me regaña. Sí, claro cómo sea. Voy a mi rincón atrás de la puerta. Que se abre y con ello me acompaña una leve cachetada y un chasquido. – Eh, aquí, bruto. Tenemos mucha carga, ve si Farid necesita ayuda. Sí, señor. Camino, esquivo bandejas. De reojo Francisco me indica atender a las ancianas. “¿Algo que les haga falta?” Nada. Qué extraño que no adolezcan de nada, a su edad. Siempre sí, agua mineralizada – Enseguida. Barra. Mesa catorce y treinta y cuatro. Es desconcertante preguntarle a esta gente si algo les falta cuando es notorio que no. A mí nunca; mano levantada, mesa veintiséis. “¿Algo que le haga falta?”  Los postres, cierto ¿cuáles son? Crème brulée y mousse de frutas tropicales con chocolate. Que le basten con eso, que no recuerdo más; ah sí, nieve. Cierto, sólo eso. Cocina, llego al refrigerador y el; ¡Cállate! carajo – el resto continúa en voz baja y entrecortada. Nuestro trabajo es la ecuanimidad, pero temo que sea hacia ella. No llora, calla. Mantiene su mirada firme, frágil y serena a la vez. ¡No voy a estar aquí para ver cuándo se te ocurre! – saca dos mil pesos y los avienta en la mesa mientras se va. Todo es silencio invadido por los murmuros  y trinches indiferentes. Se pone de pie, callada. Me ve ¡a mí! de nuevo acepta mi existencia. Desvío la mirada derrotado, no puedo contra un ser así de magnífico. Un olor exquisito e indescriptible – Si hace falta dígame, estaré afuera. Pone el dinero en mi bolsillo y se va con su bolso, siempre tranquila. Paso a cajas, luego se enterará Guillermo, que siempre está preocupado por sí mismo. Faltan cien pesos. Es mi oportunidad de salir a decirle, a consolarle casualmente. Los pongo yo, es sólo una mesa. Lo merece ella, no quisiera molestarla. Se paga, se cierra y Guillermo no tiene propina, parece disgustado pero no es mi problema, espero que no piense le estoy robando.

Tres días y Guillermo no me ha hablado, me persiguen los rumores de ladrón en la cocina. Pensaba que sería más complicado vivir con la presión de una mentira; pero no, y menos con hombres comportándose como mujeres rencorosas. No me importa, yo trabajo igual que todos. Pasan dos semanas, algunas lluvias y con ella el invierno. La mesa cinco sigue vacía.

De tarde, el sol clarea y las mesas de afuera parecen rojizas, el mejor lugar para quien sea. Es una rutina sin serlo, llegan personas pequeñas, con dinero y fortuna. En la cinco se vuelve a sentar alguien. Una pareja de mediana edad, no son de los que frecuentan este lugar. Celebran sus quince años de casados, el saco del señor parece de lana de segunda mano, le queda grande. La señora tiene un vestido muy apropiado, un poco avejentado, pero bonito. Cliente en la mesa diez, la de la esquina, oscura. Qué raro, con esta luz. Una sola persona, muy extraño para ser este lugar. Aquí la gente no presume que está sola y si lo está tiene el dinero suficiente para pagarse una amistad. Es ella. Seme congelan las venas y los oídos. - No sé más, tengo que escucharla a ella, hablarle, acariciarle, besarle, amarle. Pero sólo tengo que escuchar, callar y repetir después de cada tanto “¿Algo que le haga falta?” Esta vez lo haré bien, con calma, como lo ensayé. – Buenas tardes, bienvenida ¿le ofrezco algo de beber? – Una cerveza. Oscura, por favor. Esta vez no sonríe. Es un ser diferente. Cerveza oscura. ¿De dónde le sale voluntad a un ser tan fantástico de beber algo tan vulgar? Su alma estará destrozada, supongo, pero ¿cerveza?

Ni en los días más calurosos había pedido eso para ella. A pesar de la falta de maquillaje parece perfecta. Es cierto que no porta uno de esos vestidos que le estilizan la figura pero no puede hacer eso todo el tiempo. Le quita algo de sensualidad, pero casi sigue siendo exquisita. Llegan más clientes en la hora y lo único que le llevo es cerveza. Espero coma algo, porque esa postura no se le ve nada bien. – ¿Algo que le haga falta? A la mesa catorce y a la treinta y cuatro. Gente sensata que pide un whisky, al menos. Un filete Nueva York a la diecisiete y unas alcachofas con salsa de cilantro a la veinte. Ya no pide nada. La veo de lejos, ya sin ganas de nada.

La tercer cerveza lleva un rato a la mitad. Su cuello está descuidado sin los collares. Almas desvariadas. Mira por la ventana, ahí donde nadie la ve y observa todo. Como sin querer, respira hondo y saca una lágrima, se limpia inmediatamente, toda clase, si no es por el zapato que deja caer. Una vez más, me acerco sigiloso a su mesa, no importa que ya no tenga que ocultarme de él. – ¿Algo que le haga falta? No me mira, agacha la cabeza, dubitativa, pasea un dedo por su vaso y pausa… no puedo respirar, un movimiento en falso y se quiebra. Después de lo que parece un milenio, voltea su cabeza hacia mí, sus ojos mojados, suplicantes me ven, cuánto dolor en su corazón.

Ganas de vivir – sentencia y se suelta en un llanto callado, se apoya en la mesa, se esconde. ¿Qué respondo? No tenemos de eso aquí, no lo vendemos en todo caso. Le ofrezco una servilleta, aunque nadie la vea, más vale se seque esas lágrimas. Llorar por ese tipo, qué maravilla de grosería. Una dama de su categoría sufriendo por aquel idiota. – Perdón. Se seca las lágrimas. ¿le importaría sentarse junto a mí? Usted siempre es muy amable. Lo siento señorita, no puedo hacerlo, no me está permitido. Respondo maquinalmente. Me dirijo a Guillermo con paso firme. Atiéndela tú que yo no puedo. Me quito el uniforme y me excuso por enfermedad. Sólo soy un mesero, ¿qué haré sentado a semejante dama? Y con ese aspecto. Y en esa situación. Se atreve a tratar de intimar conmigo. Por eso no quería laborar en un restaurante en primer lugar. La gente se involucra, uno debe atenderlos pero no entenderlos. Cuando uno entiende, lo corren por exceso de confianza. Es cierto que es una mujer guapa, quizá las perlas ayudaban. Pero hay algo que no me puede acercar a ella, es como una muñeca de aparador, desde la vitrina se ve perfecta, pero fuera de ella es otra muñeca más. No merece mi tiempo ni esfuerzo alguien tan superficial, que por una herida al corazón, por un cambio de costumbres ha perdido el sentido de la vida. Nunca ha sido pobre y tener que trabajar para vivir. Qué bueno, no lo aguantaría.