miércoles, 15 de agosto de 2012

¿ALGO QUE LE HAGA FALTA?





Estaba ahí. Un restaurante de lujo, para mí. La veía llegar, siempre elegante, en sus cabellos negros, vestidos coloridos y su novio llamativo. Quisiera estar con ella en silencio. Algunas tardes vienen, ríen y se van por la noche. Ríen o parecen hacerlo. No sé si es amor o será la soledad, pero ella es más de lo que imaginarían los antiguos griegos, al describir la belleza. Sus ojos grandes y voz amable me provocan; me empujan a vivir y a verlos sin saber qué hacer.

Otro día que vienen, ella muy elegante y él indiferente, cual modelo de revista. No puedo imaginar cómo puede pasar un segundo sin admirarla. - La mesa cinco, te toca a ti. Me dice el capitán y no creo, no puedo, es la misma mesa y sólo veo. No está Guillermo, será porque es enero. Aunque haga frío se sientan en la terraza, ella en vestido negro y collar de perlas, un abrigo que se rehúsa quitar. No siento nervios, no siento nada. Él revisa su teléfono y ella busca a alguien en el restaurante, es un cisne. Estira su blanco y delgado cuello, entreabriendo un poco los botones debajo del collar y entreveo su escote; su cristalina piel no muere de frío. Desconozco por qué creo que sufre, apenas y levanta la mano. Tengo que ir, ser profesional. Es mi trabajo. Antes de llegar, el hombre ríe voltea hacia ningún lado.

¿En qué les puedo servir? – Soy un tonto, ni siquiera arrojo el saludo inicial, tienen que ser bienvenidos primero. He cometido mi error, no puedo hablar más. Tráiganos lo de siempre – me avienta él, indiferente; mira hacia todos lados, no ve nada en realidad. Me atrevo a confirmar con ella, su sonrisa amable me da permiso de huir de la mesa. Es increíble cómo mantiene la compostura frente a tal muestra de desdén. O ella es sublime, o va detrás de su dinero. No sé cómo me atrevo a pensar siquiera que ella fuera capaz de tal vileza. Entro a la cocina y veo que no sé qué es lo de siempre. Si tan sólo yo fuera Guillermo. Me deslizo con pena hasta su mesa, admito mi error. Él se impacienta. Ella, conciliadora, me ordena un par de chardonnays y carpaccio de salmón. – No importa, gracias. Me agradeció ese ser divino, qué sutileza, qué calidez, qué ilusión tan irreal. Parece una exageración pero es una realidad. Moriré sin ver a esa estrella en todo su resplandor.

Siempre bajo el mismo yugo. Qué dicha de estar frente a ella de respirar el mismo aire. Qué tristeza tenerla de frente e ignorar la alegría que brinda ella. Pobres ricos, a fuerza de buscar la felicidad al final del camino, no se dan cuenta de que está en la vereda. Pasan una tarde gris, a pesar de mi embelesamiento. No logro concebir cómo un rostro tan dulce puede ser ignorado tanto tiempo. Parece en pausa, no se inmuta más que para responder – ¿Algo que les haga falta? – él levanta la mano y ya; ella se enciende de nuevo a la vida, sonríe amable, me mira con esos ojos enormes ¡Llenos de beatitud! – No, gracias. Frente a ella temo decir cosas de más, estar más del tiempo justo a su servicio, pasar tantas veces que pueda llegar a molestarla. Se me olvida que tengo otras mesas qué atender. Hay todo un resto de comensales impacientes, enojados, hasta hambrientos quizás. Es muy extraño, de verdad raro, que a un restaurante como este la gente venga porque tiene hambre. Las personas que llegan aquí, lo hacen para denostar poder, entretenerse, congraciarse, vienen a ser alabados con la excusa de una bebida o un alimento, a veces los dos. Acuden a estos lugares a conversas y disfrutarla vida; además, los alimentos gourmet tienen el permiso de estar mal racionados porque son justamente eso, “gourmet”. Por eso es raro ver gordos por aquí, aunque nunca falta el político que vende humildad por televisión y aquí se acaba el erario.

Caigo en la tentación, aunque sigo lejano me desplazo de a poco a su mesa y rezo con exactitud “¿Algo que les haga falta?”. Por vez primera habla él – La cuenta. Me dispongo a retirarme. Gracias – me sorprende su voz, melodiosa y fría, calculada para ser todo ternura. Me volteo y la veo a sus ojos tristes, me sonríen. Bajo la mirada.

Guillermo vuelve al servicio y ocupan la mesa cinco. Quisiera ser de esos meseros de confianza que se acercan a saludar aunque sea para dar la bienvenida. Pero ése no soy yo, es Guillermo. Han de ser muy especiales pues de seguro él será el nuevo capitán. Llego a la cocina no noséqué comandas y a pedir platillos, en silencio – ¿Qué es esto? ¿Que? ah, un pato asado en vino blanco. La próxima apúntale bien si sigues así de mudito. – me regaña. Sí, claro cómo sea. Voy a mi rincón atrás de la puerta. Que se abre y con ello me acompaña una leve cachetada y un chasquido. – Eh, aquí, bruto. Tenemos mucha carga, ve si Farid necesita ayuda. Sí, señor. Camino, esquivo bandejas. De reojo Francisco me indica atender a las ancianas. “¿Algo que les haga falta?” Nada. Qué extraño que no adolezcan de nada, a su edad. Siempre sí, agua mineralizada – Enseguida. Barra. Mesa catorce y treinta y cuatro. Es desconcertante preguntarle a esta gente si algo les falta cuando es notorio que no. A mí nunca; mano levantada, mesa veintiséis. “¿Algo que le haga falta?”  Los postres, cierto ¿cuáles son? Crème brulée y mousse de frutas tropicales con chocolate. Que le basten con eso, que no recuerdo más; ah sí, nieve. Cierto, sólo eso. Cocina, llego al refrigerador y el; ¡Cállate! carajo – el resto continúa en voz baja y entrecortada. Nuestro trabajo es la ecuanimidad, pero temo que sea hacia ella. No llora, calla. Mantiene su mirada firme, frágil y serena a la vez. ¡No voy a estar aquí para ver cuándo se te ocurre! – saca dos mil pesos y los avienta en la mesa mientras se va. Todo es silencio invadido por los murmuros  y trinches indiferentes. Se pone de pie, callada. Me ve ¡a mí! de nuevo acepta mi existencia. Desvío la mirada derrotado, no puedo contra un ser así de magnífico. Un olor exquisito e indescriptible – Si hace falta dígame, estaré afuera. Pone el dinero en mi bolsillo y se va con su bolso, siempre tranquila. Paso a cajas, luego se enterará Guillermo, que siempre está preocupado por sí mismo. Faltan cien pesos. Es mi oportunidad de salir a decirle, a consolarle casualmente. Los pongo yo, es sólo una mesa. Lo merece ella, no quisiera molestarla. Se paga, se cierra y Guillermo no tiene propina, parece disgustado pero no es mi problema, espero que no piense le estoy robando.

Tres días y Guillermo no me ha hablado, me persiguen los rumores de ladrón en la cocina. Pensaba que sería más complicado vivir con la presión de una mentira; pero no, y menos con hombres comportándose como mujeres rencorosas. No me importa, yo trabajo igual que todos. Pasan dos semanas, algunas lluvias y con ella el invierno. La mesa cinco sigue vacía.

De tarde, el sol clarea y las mesas de afuera parecen rojizas, el mejor lugar para quien sea. Es una rutina sin serlo, llegan personas pequeñas, con dinero y fortuna. En la cinco se vuelve a sentar alguien. Una pareja de mediana edad, no son de los que frecuentan este lugar. Celebran sus quince años de casados, el saco del señor parece de lana de segunda mano, le queda grande. La señora tiene un vestido muy apropiado, un poco avejentado, pero bonito. Cliente en la mesa diez, la de la esquina, oscura. Qué raro, con esta luz. Una sola persona, muy extraño para ser este lugar. Aquí la gente no presume que está sola y si lo está tiene el dinero suficiente para pagarse una amistad. Es ella. Seme congelan las venas y los oídos. - No sé más, tengo que escucharla a ella, hablarle, acariciarle, besarle, amarle. Pero sólo tengo que escuchar, callar y repetir después de cada tanto “¿Algo que le haga falta?” Esta vez lo haré bien, con calma, como lo ensayé. – Buenas tardes, bienvenida ¿le ofrezco algo de beber? – Una cerveza. Oscura, por favor. Esta vez no sonríe. Es un ser diferente. Cerveza oscura. ¿De dónde le sale voluntad a un ser tan fantástico de beber algo tan vulgar? Su alma estará destrozada, supongo, pero ¿cerveza?

Ni en los días más calurosos había pedido eso para ella. A pesar de la falta de maquillaje parece perfecta. Es cierto que no porta uno de esos vestidos que le estilizan la figura pero no puede hacer eso todo el tiempo. Le quita algo de sensualidad, pero casi sigue siendo exquisita. Llegan más clientes en la hora y lo único que le llevo es cerveza. Espero coma algo, porque esa postura no se le ve nada bien. – ¿Algo que le haga falta? A la mesa catorce y a la treinta y cuatro. Gente sensata que pide un whisky, al menos. Un filete Nueva York a la diecisiete y unas alcachofas con salsa de cilantro a la veinte. Ya no pide nada. La veo de lejos, ya sin ganas de nada.

La tercer cerveza lleva un rato a la mitad. Su cuello está descuidado sin los collares. Almas desvariadas. Mira por la ventana, ahí donde nadie la ve y observa todo. Como sin querer, respira hondo y saca una lágrima, se limpia inmediatamente, toda clase, si no es por el zapato que deja caer. Una vez más, me acerco sigiloso a su mesa, no importa que ya no tenga que ocultarme de él. – ¿Algo que le haga falta? No me mira, agacha la cabeza, dubitativa, pasea un dedo por su vaso y pausa… no puedo respirar, un movimiento en falso y se quiebra. Después de lo que parece un milenio, voltea su cabeza hacia mí, sus ojos mojados, suplicantes me ven, cuánto dolor en su corazón.

Ganas de vivir – sentencia y se suelta en un llanto callado, se apoya en la mesa, se esconde. ¿Qué respondo? No tenemos de eso aquí, no lo vendemos en todo caso. Le ofrezco una servilleta, aunque nadie la vea, más vale se seque esas lágrimas. Llorar por ese tipo, qué maravilla de grosería. Una dama de su categoría sufriendo por aquel idiota. – Perdón. Se seca las lágrimas. ¿le importaría sentarse junto a mí? Usted siempre es muy amable. Lo siento señorita, no puedo hacerlo, no me está permitido. Respondo maquinalmente. Me dirijo a Guillermo con paso firme. Atiéndela tú que yo no puedo. Me quito el uniforme y me excuso por enfermedad. Sólo soy un mesero, ¿qué haré sentado a semejante dama? Y con ese aspecto. Y en esa situación. Se atreve a tratar de intimar conmigo. Por eso no quería laborar en un restaurante en primer lugar. La gente se involucra, uno debe atenderlos pero no entenderlos. Cuando uno entiende, lo corren por exceso de confianza. Es cierto que es una mujer guapa, quizá las perlas ayudaban. Pero hay algo que no me puede acercar a ella, es como una muñeca de aparador, desde la vitrina se ve perfecta, pero fuera de ella es otra muñeca más. No merece mi tiempo ni esfuerzo alguien tan superficial, que por una herida al corazón, por un cambio de costumbres ha perdido el sentido de la vida. Nunca ha sido pobre y tener que trabajar para vivir. Qué bueno, no lo aguantaría. 

lunes, 13 de agosto de 2012

FANÁTICO

No me duele el corazón
Porque sólo estás en mis deseos.
Sigo tu camino,
tus fuertes parpadeos.

Mil trescientas ciudades han visto
peores agonías que mi abismo.
Y sin embargo hoy no duermo,
no pienso, sólo existo.

Los días te alejan de mí
te aprisionan en mi memoria
y me hacen olvidar
que entre más pasan
más larga es nuestra historia.

Replegado en un calendario ajeno
veo mi busto frente a tus senos.
Una mística ilusión retorcida,
un deseo plástico de mis lagunas mentales.

Por más que quiera querer,
no es tu ida más que una mentira.
Pues es tu presencia necesaria,
para poder hablar de tu partida.

Y como nunca estuviste aquí
es difícil haberte extrañado,
pues si hay algo que no viví,
fue haberte tenido a mi lado.


lunes, 6 de agosto de 2012

ESPERO


Espero, de vez en cuando,
te acuerdes de mí
espero que en algún momento
me ames a mí.

Que no sea el aire del desconsuelo,
ni la lluvia del deseo,
la que te acerque a mi voz,
sino que sea tu transporte
un temible amor atroz.

Más grande que la montaña
que separa a tu cuerpo del mío;
espero de vez en cuando
que me ames tan sólo un poco
de lo que te amo yo a ti.


à M.L. como siempre.

martes, 31 de julio de 2012

EN EL FONDO DE UN CUARTO OSCURO



Es un fondo oscuro. Está Arturo, tirado en esa esquina, se lamenta, se queja, se cuestiona y sufre. No es así porque tenga unos días ahí, donde llegó por casualidad, pero no tanta. Él sabe que es menos la casualidad y más la culpa, por eso llora así, en silencio. Es la esquina de un departamento oscuro, olvidad y húmedo, un solo cuarto con colchón, todo nuevo, pero desierto, que no se puede mover.

- Son las tres de la tarde, no deberías estar aquí – Me dijo Camila, una prostituta de alto nivel, les llaman escorts, creo. Me tenía lástima, no aceptaba mi dinero por amor. Nunca supe lo que quería, ni siquiera si disfrutaba mi compañía o el sexo conmigo. Debería de ser lástima. – Lo sé, pero me quema. No tendrás una infección. No, me queman las ganas de estar contigo. – Se quedó callada. Yo no tenía dinero, pero Camila había crecido en mí como una adicción, me urgía cogérmela. Pero eran las tres de la tarde. Ella tampoco debería estar aquí. Hermosa como era me tomó del pantalón y me jaló a un cuarto sucio. Se arrancó la blusa y pude admirarle sus grandes y hermosos pechos bajo su brasier gris. No sé por qué estoy tan excitado. De pronto me bajo los pantalones sin pensar y ella mete su mano en mis calzones. Ya la quiero. Pero aprieta. No dice nada, sólo acaricia fuerte. Dolor y placer. Sigue hasta un ligero rasguño que tomo como jugueteo. Aprieta más fuerte ¡Es horrible! ¿Qué fue de nuestros momentos de pasión? Grito. Ella para. – ¿Tú le dijiste dónde vivo? Se lo llevaron, idiota, todo porque no te aguantas y no te puedes hacer ni una puñeta solo. – ¿Se llevaron, qué?
¡Román! ¡Se han llevado mi única esperanza! ¿Qué maldición mayor merezco de Dios para perder lo que me importa? Es porque soy una puta ¿verdad? Creo ser de las pocas que no disfruto cogiendo por dinero y de repente, ¡te lo llevas! Suena el teléfono. – Está en la zona industrial, ahí donde te llevé la última vez. – Cuelga. Malditos hombres, no pueden dejar su instinto de posesión y quieren ser dueños de todo.

Le di la pistola. Mi papá no la usa desde hace unos años, dudo que sirva. Suena mi celular. – No tiene balas. Lo sé. Te veo afuera en cinco minutos. Pero. – Cuelga. No me da tiempo de contestar, al menos creo que no me matará a mí; espero, yo no me llevé a su hijo.
- Tú vas a llevarte a Román, lo vas a traer al carro y ahí me esperas. – Eso me dijo Camila, su olor es casi tan alucinante como su dolor, su furia. Es una criatura exquisita. ¡Dolor! No puedo mover ni un músculo. Así se han de llevar las putas, con pistolas de electrochoques. Supongo que son muy desconfiadas, tiene razón en serlo conmigo. Avanza el carro, pasamos fragmentos de ciudad, hay luces, túneles, de repente hay autos y de repente no. Creo que salivo. Babeo. Beh. Un elefante se colum… más autos, menos luces. Puedo mover la mano. Está oscuro. Camila me apunta, terrible y hermosa. El cañón está en mi sien. Un lugar en sombras. Un edificio lúgubre sin ventanas ni esperanzas, así triste como la gente que no ha comido ni dormido.  Es peor que el sentimiento de la noche. A la noche no le temo.

-  Ve por Román, yo te alcanzo. Si no está, salte. – Camino por pasillos olvidados, puertas sin terminar y pisos sin pegar. Nada está rayado, simplemente está abandonado. El final del laberinto, los lloriqueos mudos de un niño.

Si por él te perdí, por él mismo te voy a recuperar, aunque le cueste la vida. Es estúpido, pero es como mi esclavo. Es mi súbdito; todo sea por sexo, qué estúpido se convierte el hombre cuando le encuentran su punto. Pero tú no serás así, Román. Tú serás distinto. Bajo del auto. Pasan diez minutos. Corto cartucho, “clinch”, como sea es un sonido aterrador. Este lugar me da asco. Me molesta tener que ir con este pervertido tétrico. Román sigue en mi pensamiento. Sin tacones, no vaya a pensar que vengo a ganarme su corazón, bastardo hijo de puta. Una puerta vacía. Dos. Cinco. En el fondo hay dos sombras bajo una tenue luz amarilla.
-  Ahí estás, Donatela. ¿Donatela? Cállate, Arturo, llévate a Román. – Ese puto degenerado no lo suelta.
 – Pero ¿por qué? este niño es de los dos. Déjalo aquí, que nos vea como familia.
- ¡Llévatelo, Arturo! – Me tiembla la mano. Lo agarra de su cuellito, pobrecito. La pistola pesa el doble, pero ese degenerado se mantiene ahí. Arturo se mueve, Raúl también, Román suelta lágrimas, grita. Cierro los ojos. Clinch.

No sé qué estoy haciendo en este lugar. Ni sé por qué llegué aquí; un hijo que no es mío, Camila que casi me despelleja y un degenerado que se quiere emparentar con una prostituta a fuerza de amenazar a su hijo con un cuchillo en la garganta. Todo es lento, pero veloz. Camila en su terrible necesidad maternal saca la pistola de mi padre ¡de mi padre! No se da cuenta y grita. Grito horroroso de muerte. El hombre cierra su mano sobre el cuello del niño, veo a los ojos de Camila que se cierran. Todo es caos. Acerca el cuchillo. Me lanzo sin idea hacia el hombre. ¡Bum! Román llora más fuerte, grita ¡Bum! Berreos y gritos del hombre ¡Bum! Piso ¡Bum! Dolor. Silencio.

Ahí está tirado, lloriquea Arturo porque tiene al menos dos litros de sangre bañándole la cara. Gritonea peor que Román, él es hombre a sus pocos años. Arturo chilla porque no siente las piernas. No tiene odio, no tiene angustia, no sabe lo que es matar. Aún así me dio la pistola; Román está muy callado. Romancito de mi alma; mi luz. Puto Raúl degenerado. Pero ya no te hará daño. Todos están callados, nadie te va a lastimar. Ahí en la oscuridad en la que sufre Arturo por no volver a caminar, grita como apagado, no sabe apreciar, que al menos, él todavía puede respirar.

martes, 24 de julio de 2012

SERVICIO

Te vengo a ofrecer un servicio
Una mueca al principio
Un olla de presión

Te garantizo que no hay que comprarlo
en esto no hay presión,
vengo y te lo regalo
es mi más grande ambición. 

No soy vendedor ambulante
y no hay nada de truco
te garantizo, que no soy un simple amante

Lo que te doy es sólo para ti
pero el precio es caro, 
es de color rubí
y que lo den ahora es raro

Aquí el dispositivo para comenzar,
es  el corazón mío, con el tuyo me has de pagar
para que sin guerra en este amor
pueda ser vicio
yo para siempre el tuyo, y tú para siempre el mío

A M.L.

miércoles, 18 de julio de 2012

LA ESPERA EN EL IMSS

Lo trascendente de un requisito burocrático es que desde que te levantas, ya tienes el letargo más grande del mundo. Desde el momento en que sabes que más tarde en el día irás a encontrarte con largas filas (sea lo que sea) y con papeleos aparentemente inútiles. No importa si ya hiciste todo el pre-registro en línea.

No sólo soy un nini, sino que soy un nini que tiene que sacar su número de seguridad social porque así en mi hipotética chamba tendré el poder de una inscripción al INFONAVIT y así abrir mi crédito hipotecario para una casa de huevo donde la gente cree que puede vivir con una familia. Uno sí, a toda madre en cuarenta metros cuadrados, pero ya con chamacos y mujer, ya cala. En fin, yo nunca he querido ser asalariado, pero como soy más flojo que los tornillos de un taxi chilango, creo que eventualmente mi necesidad de comer y beber bonito me exigirán conseguir algo estable, por más denigrante que sea.

Para evitarles detalles inservibles, me sitúo en mi automóvil llegando por copias del acta de nacimiento, de la IFE y del CURP. Recuerdo que la primera vez me ensartaron con $50 porque no traía la curp impresa, entonces váyase a la papelería de aquí a media cuadra y que le impriman su curp. Y ahí voy de pendejo. Esta vez encontré un estacionamiento no muy lejos, me hice de valor y con papeles en mano me encaminé hacia mi burocrático destino. La visita a cualquier delegación del IMSS es fabulosamente aterradora. Es una entrada grande, hay filas de personas saliendo hasta la banqueta. Entre ellos pude ver alguno que otro que parecía no tener prisa, ni estar nervioso, ni ocupado. Simplemente, era un cazador. Algún coyote. Entro directo a la mesa de ayuda (así le llamo yo, la verdad ignoro si tiene un nombre. Le trato de explicar que yo ya tenía mi número pero que lo había perdido cuando me dio una ficha y me indicó ventanilla. Ni tiempo de dar las gracias, ahora me tocaba esperar.

El lugar, repleto de gente sentada, enfrente, como una fortaleza enemiga, se extienden las ventanillas que todas sirven para un propósito diferente, parece ser. En la espera pude ver que se venden sueños por las paredes, entre los montones de personas esperando a veces son más de ayuda que los propios funcionarios. Una vez que logré encontrar asiento en una esquina escondida (por ello no me explicaba lo de la fila afuera) me puse a ver la parafernalia de personas que merodeaba por el lugar. Mujeres que vienen solas, detrás de ellas (o al lado) hay uno que otro hombre que furtivamente mira su trasero. Detrás de las ventanillas parece haber un mundo grande con muchas computadoras de tecnología antiquísima. Tanta gente y uno esperando. En la zona de créditos hay siempre un grupo de sátrapas cazando a los derechohabientes desavisados. Estos seres míticos reparten tarjetas que prometen "¡Más lana para ti!" con la obviedad de una oveja al lado del eslogan. Entre ellos hay uno que me llama más la atención, el espécimen ideal: Un vendedor de "créditos preaprobados" con chaleco verde, blanco y naranja con la leyenda de "Yo tengo más lana para ti". Tiene sus brazos cruzados y mira a todos lugares como un centinela aburrido. Viste zapatos toscos de gamuza con suela de goma, jeans clásicos con el azul más marino, camiseta morada bajo el gran chaleco y para que no se confunda con cualquiera, él sí lleva reloj. Un campeón entre los vendedores de créditos.


Además de estos agentes-coyotes-magos-falsosmecenas están todas esas personas que no consiguen asiento y están al acecho de uno (el mío, claro está). Creo que cederé ante la presión ocular, no importa si la numeración electrónica que anuncia los turnos con la voz de alguna colombiana o venezolana, dice que faltan al menos veinte personas más antes de mi. Lo bueno es que vengo armado de un libro y de un chingo de paciencia. La incertidumbre es vasta pues el orden de los números no es seguido y hay que estar al acecho del altavoz extranjero que se va del 808 al 3452 en todas las ventanillas posibles, así, al azar.


Por fin se acerca mi número y me avecino de la ventanilla cuatro, mi predilecta donde llevo toda mi documentación preparada. 2134 a la ventanilla 4, 2135 a la ventanilla 4, 2136 a la ventanilla 4 y yo tengo el 2138, ya no falta tanto. 5293 a la ventanilla 19, 1243 a la ventanilla 1, 1908 a la ventanilla 13, 2011 a la ventanilla 5, 1019 a la chingada todo porque llevo otros quince minutos aquí parado.

Me fijo fuertemente en la ventanilla 4, el hombre parece estar disfrutando la vida, en mi lógica del lugar y el momento (después de una chingada hora) me era normal, pues de seguro tendrían que atender una cuota máxima y para eso hay que tomarse su tiempo. Después llama a las personas por su nombre, acuden con él y se van contentas. ¡Qué la chingada para cuándo... 2168! Por fin, sonriente y con papeles en mano voy. ¿Ya tenías número o vienes por nuevo? - me dijo el muchacho. Ya tengo, lo que pasa. ¿Me presta su identificación? - se la doy, como debe de ser. Yo le llamo, espéreme allá. Me uno al rebaño, una fila atrás de las sillas donde hay gente parada viendo a las ventanillas como zombies. Hago lo mismo, no ha de tener nada de malo, y espero mi nombre. Llego emocionado, me entregan mi IFE y mi número en una carta sellada. Era todo. El pinchi papeleo, pa' qué. Dos horas para eso.

La clave está en estar trucha, no tener miedo, pues si no es la gente que trabaja ahí, los demás que esperan siempre están contentos de ayudar en algo, después de todo ellos tienen que esperar al menos otra hora, les sirve de distracción. Llegar, ignorar la fila, venir armado de tus papeles, paciencia, libros, celulares, incluso acompañantes; cualquier cosa para distraerse. Entonces llegas a pedir ficha para tu trámite, donde te dirán de qué vas, qué necesitas y te darán tu ficha, pero sobre todo y lo más importante, te dirán una cosa: ¡que esperes!

lunes, 9 de julio de 2012

Corta carta a una vaga amiga

Te tengo aquí como la incertidumbre del tiempo. Estamos rodeados de ciudadanos, de ruido, de gente intransigente. Me veo avasallado por tanta tecnología, tanto cartel que me grita "cómprame". Es la época del año, a veces pienso, pero en realidad es todos los días, ya sea en tiempos electorales u ocasiones navideñas, la ciudad cada vez se vuelve más agresiva. Tengo esa necesidad impetuosa de quererte, pero es toda esta saturación que no me deja decidir si te quiero a ti o al par de zapatos con 25 por ciento de descuento en las rebajas por la excusa maravillosa de quién sabe qué. Es por eso que me distraigo me paso la vida rogándote que llegues conmigo, para cuando te tengo me he olvidado de qué quiero tener si a ti o a tu ausencia y así me confundo en el sino de las ecuaciones abismales que se encuentran entre tú, yo y el no me entiendo. Eres tú, eres mar, eres vida, pero al mismo tiempo, descubrí que puedo vivir sin ti. Tengo aire para regalar, tengo excusas varias para presumir por qué mi vida es mediocre, aunque también poseo un deseo constante de tirarme a los abismos cada que puedo. No sé si soy yo quien camino hacia ti sin rumbo, o si es que camino algún trecho que me aleja de tu esencia. Como quiera que sea te escribo hoy porque ayer se me hizo tarde, estaba atolondrado en el tráfico de ideas ajenas, así que no pude llegar a ti, aunque le presuma a mis amigos lo mucho que me haces falta; todo eso que me haces bien. Te tengo presente todos los días, finjo que no te necesito, pero contigo hasta respiro, vivo, sin tener que decirlo. Contigo soy un niño, poesía.